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La IA sube a la nube, pero los centros de datos pisan tierra

La IA sube a la nube, pero los centros de datos pisan tierra
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PcBolsa Redacción
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Una persona entra en el portal con una tarea pequeña: ordenar unas notas, responder un mensaje, encontrar un título que no suene como si hubiera sido escrito por un megáfono. Antes de pulsar el botón, el ascensor inteligente parece haber adivinado el destino. Propone un resumen, pule una frase y, con una seguridad que nadie le ha pedido, sugiere un encabezado heroico para un correo de tres líneas.

La persona sonríe, corrige el tono y sube. La sensación es conocida: hacer en minutos algo que antes habría exigido una vuelta más larga por el pasillo. La inteligencia artificial se ha instalado así en la vida diaria, no siempre como un acontecimiento de trompetas, sino como un ascensor que llega deprisa y pregunta, con modales impecables, a qué planta vamos.

Pero mientras la cabina asciende, desde debajo del suelo llega un zumbido. La sala de máquinas necesita espacio. Y la discusión sobre la IA se parece menos a escoger entre subir o bajar que a preguntar qué ocurre en el sótano mientras subimos.

La promesa del piso alto

En una consulta reciente a economistas jefe, el 97% esperaba que la adopción de IA aumentara durante los doce meses siguientes. El 69% esperaba, además, ganancias significativas de productividad en ese mismo horizonte. Hay una razón comprensible para ese entusiasmo: el ascensor no se presenta como un adorno de vestíbulo, sino como una herramienta de trabajo. Puede acortar búsquedas, ordenar información, asistir en la redacción, resumir reuniones y acelerar ciertas tareas de análisis o coordinación.

El ascensor, naturalmente, se felicitaría por haber ahorrado once minutos. Su pasajera, que conserva una prudencia razonable, quizá preguntaría si también entendió bien el encargo. Esa pequeña duda no desmiente la utilidad del viaje; recuerda que la productividad no consiste solo en llegar antes, sino en llegar al sitio correcto.

Las cifras describen expectativas de quienes respondieron a la consulta, no una productividad ya medida ni una garantía de crecimiento. Del mismo modo, el 78% esperaba que la inversión en centros de datos aportara una parte significativa del crecimiento mundial en los doce meses posteriores. “Significativa” no viene acompañada de una regla grabada en mármol ni de un porcentaje de producto mundial. Es una apreciación sobre la relevancia que podría adquirir la inversión, no el parte final de una obra terminada.

Todo ascensor eficiente tiene un lugar donde la eficiencia deja de ser una pantalla y se vuelve cable, refrigeración y red.

Bajada a la sala de máquinas

La portera abre una puerta con un rótulo poco poético: Sala de máquinas. No hay humo verde ni un cerebro gigante parpadeando en una pecera. Hay ventiladores, tuberías, técnicos, presupuestos, conexiones y un tablero tan grande que no cabe en la conversación apresurada de la escalera.

Los centros de datos son esa parte física de una economía que a menudo se cuenta como si flotara en una nube sin edificio. Hacen posible buena parte de los servicios digitales, incluidos los sistemas que prometen ahorrar tiempo arriba. Mirarlos no obliga a convertirlos en monstruos; ocultarlos, en cambio, vuelve borrosa la conversación.

Como contexto concreto, se ha atribuido a la inversión relacionada con IA alrededor del 1% del crecimiento del PIB real de Estados Unidos en 2025. Es un dato referido a un país y un año determinados: no prueba un efecto universal, ni equivale a la expectativa del 78% sobre el crecimiento mundial. Sirve, eso sí, para recordar que detrás de la palabra “digital” hay capital, construcción y equipos que no caben en una pestaña del navegador.

Ni siquiera la cantidad futura de máquinas tiene un veredicto unánime. El 39% de las personas consultadas esperaba que la inversión pudiera superar la demanda futura; el 44% no lo esperaba. En el sótano, por tanto, hay planos desplegados, pero no un plano definitivo. La discrepancia no confirma una burbuja ni disuelve la duda: simplemente deja la puerta entreabierta.

Y entonces aparece la pregunta doméstica. No solo cuántas máquinas harán falta, sino dónde se colocan y qué comparten con quienes viven alrededor.

El rellano donde empiezan las preguntas

La reunión de vecinos comienza, como casi todas, con una silla que chirría y una cuestión aparentemente sencilla. Una persona pregunta por el nuevo edificio. Otra mira su recibo eléctrico y pregunta por el precio. Una tercera no quiere una teoría económica: quiere saber cuánto ruido hará la obra y por qué el permiso parece escrito en idioma administrativo avanzado.

Nadie pronuncia una tesis perfecta. Precisamente por eso la escena resulta reconocible.

El 79% de los economistas consultados esperaba una oposición significativa de las comunidades locales a la expansión de los centros de datos. Esa expectativa no convierte a los vecinos en enemigos del progreso ni certifica que cada proyecto vaya a encontrar una pancarta en la puerta. Señala, más bien, que la infraestructura tiene dirección postal. Sus beneficios pueden repartirse a escala amplia; las obras, los cambios en el entorno y las inquietudes se viven en un lugar concreto.

En la misma consulta, el 78% esperaba aumentos materiales en el precio medio de la electricidad pagado por otros consumidores, y el 58% anticipaba algo parecido respecto al agua. Son anticipaciones, no facturas observadas. Tampoco afirman que ocurran en todos los países, ni demuestran que la IA sea la única causa de cualquier cambio de precios. Mucho menos prueban que electricidad y agua expliquen por sí solas cada protesta local.

Pero la precisión no elimina la importancia de la escena; la mejora. Un rellano puede concentrar preguntas distintas a la vez: por la red, por los recursos, por los permisos, por el paisaje, por la sensación de que la puerta de la sala de máquinas se abre muy cerca de casa. La fricción no es un fallo moral de quien pregunta ni una refutación automática de la innovación. Es el roce normal entre una comodidad compartida por todo el bloque y unas cargas que se notan con particular intensidad en determinadas plantas.

El ascensor sirve a todo el edificio. La puerta del sótano, sin embargo, se abre en un rellano específico.

El cuarto de contadores

La discusión cambia de tono cuando alguien pregunta por el empleo. Es una pregunta razonable, aunque a menudo llega con una expectativa demasiado grande: si se invierte mucho y se habla de crecimiento, ¿no debería aparecer también una multitud de nuevos puestos de trabajo?

El contador del portal no da discursos. Registra entradas y salidas. En la consulta, el 61% no esperaba que la inversión en centros de datos generara una parte significativa de la creación mundial de empleo durante los doce meses siguientes. Un 11% sí lo esperaba, mientras que el 28% se mantenía neutral.

El contraste importa. Una infraestructura puede ser relevante como inversión y como soporte de numerosos servicios sin convertirse, por ello, en una gran fábrica de empleo global directo. No hay contradicción mecánica: hay actividades que requieren una inversión considerable y cuya función es habilitar otras tareas en lugares muy distintos.

Aun así, esa respuesta no cuenta los empleos del sector, no calcula despidos y no permite medir el efecto total de la IA sobre el trabajo. El contador sirve precisamente para no inventar lo que no registra. Ayuda a desconfiar tanto de la promesa de “trabajo para todos” como de la frase inversa, igualmente cómoda, de “trabajo para nadie”.

Quizá el error sea pedirle a una sola máquina que responda de una vez por crecimiento, salarios, recibos y tranquilidad vecinal.

Pausa entre pisos

El ascensor se detiene unos segundos entre plantas. No es una avería: el relato necesita mirar el indicador antes de volver a pulsar un botón.

Hay, por un lado, un contexto observado: inversión vinculada a la IA con peso medible en el crecimiento estadounidense de 2025, junto con capital y construcción alrededor de esta tecnología. Hay, por otro, expectativas de los economistas consultados: más adopción, posibles ganancias de productividad, una contribución relevante de los centros de datos al crecimiento, oposición local y presiones posibles sobre electricidad y agua.

Y hay preguntas que esos hallazgos no resuelven. No dicen cuánto variarían las tarifas; no describen lo que ocurriría en cada territorio; no cierran el debate sobre si la inversión superaría la demanda; tampoco calculan el efecto neto sobre el empleo. La incertidumbre no es un hueco que deba rellenarse con alarma, entusiasmo automático o una infografía que haga de bola de cristal. Es parte de contar con honestidad un cambio que está tomando forma mientras se discute.

Llegar sin olvidar quién sostiene el viaje

La persona alcanza su planta. El mensaje está resuelto, quizá mejor de lo esperado, y el título final ya no parece escrito por un megáfono. Antes de salir, escucha abajo el zumbido persistente del edificio. No es una banda sonora dramática. Es el recordatorio de que la ligereza de la pantalla tiene una base material.

La IA puede ampliar capacidades y atraer inversión. Su infraestructura puede, al mismo tiempo, concentrar tensiones sobre recursos, territorio y reparto de beneficios. Una verdad no cancela la otra. El ascensor no tiene por qué ser un engaño para que el sótano merezca atención; la sala de máquinas no tiene que ser una amenaza para que deje de ser invisible.

La conversación más adulta quizá no consista en apagar el ascensor por miedo ni en declarar irrelevante el sótano porque no sale en la pantalla. Consiste en sostener ambas imágenes a la vez. El ascensor seguirá subiendo; la cuestión, bastante menos espectacular y bastante más humana, es que el edificio entero pueda reconocer el viaje.